martes, 22 de diciembre de 2009

La teoría de las cuerdas o los pelos de chocho....mi pensamiento explicado en un post de otro....

Debido a mi actual situación emocional llevaba bastante sin acudir a un blog que me encanta debido a su capacidad de explicar con un lenguaje llano lo que el resto hace muy complicado.

El caso es que ayer retomé su lectura y encontré una maravilla de post sobre algo que comparto casi al 100% que explica con una sencillez y una claridad que para mi quisiera yo....


Muchas veces había iniciado algún escrito con el deseo incial de explicar los temas que se abordan en éste post y expresar mi filosofía sobre el asunto que realmente es muy parecida a la que se cuenta ahí.


La de veces que en casi 34 años habré escuchado -"dramatizas!".....y un huevo!, digo yo....pero claro, a ver como lo explicas....pues el autor del blog "El sentido de la vida" me ha ahorrado la decepción de no plasmar lo que pasa por mi cabeza y con el post Eppur si muove ha conseguido que me sienta reflejado enormemente en ese escrito y, aunque sea en las palabras de otra personas, explica muchas cosas que hasta ahora o no he sabido explicar o no se han querido entender....


Os pego el texto, pero os recomiendo firmemente que paseis e investigueis este delirio total y absoluto en forma de blog que es El sentido de la vida.


"Eppur si muove

Desde hace ya aproximadamente treinta años, los físicos andan revolucionados con la teoría de cuerdas; lo que sería un modelo fundamental de la física, la idea que todo lo explica. El santo grial. La panacea. Esta teoría afirma que todas las partículas son en realidad expresiones de un objeto básico unidimensional extendido que recibe el nombre de "cuerda". En mi limitado entender, creo que comprendo el motivo de tanta revolución. Lo que de verdad quiero ver son las caras de estos físicos cuando, en diez o veinte años, completen el puzzle y se den cuenta de que no son cuerdas; son pelos de chocho.

Yo debía de tener siete u ocho años y sin embargo lo recuerdo como si hubiera sido hace un cuarto de hora y se hubiera tratado de una experiencia próxima a la muerte. De semejante manera quedó aquel suceso grabado a fuego en mi memoria.
Estaba solo en casa. Mi padre debía de estar haciendo garbanzos y mi madre comprándolos en el supermercado, así que yo correteaba por casa en modo explorador. Sin saber muy bien por qué, llegué a la habitación de mis padres.

El dormitorio era amplio. En un lado estaban los aparejos clásicos de dormir, mientras que en el otro mi progenitor se había habilitado un rincón-despacho en el que tenía una gran mesa y una enorme estantería de madera negra. Me puse a rebuscar entre los trastos que allí había.


Mi padre tuvo una época en la que se interesó por la fotografía erótica. Supongo que por eso siempre quise fotografiar modelos. En una estantería de casa todavía conserva algunas revistas de esa época. Veinticinco años antes, aquella solitaria mañana, deslicé mis púberes dedos sobre aquel material con la curiosidad de la infancia y extraje una de aquellas revistas. Todavía recuerdo la portada como si la tuviera delante.


Era una revista francesa. "Photo", rezaba el título en enormes mayúsculas amarillas de cantos agudos. La satinada portada mostraba en su parte inferior a una chavala que, imagino que untada en aceite, tomaba el sol tumbada en una hamaca frente a la cristalina piscina de lo que bien podría ser una villa francesa. La chica lucía unas enormes cotufas que, ungidas en algo viscoso, relucían fulgurantes como dos flanes puestos al sol. Y de repente me sucedió.


Aquel pingajo de carne que me servía para mear, aquello que me diferenciaba de mi hermana, se había puesto tenso como un cable de acero, duro como la porra del policía antidisturbios que se hunde en la carne del manifestante gordinflón. Sosteniendo la revista con la mano derecha, usé la izquierda para bajarme los calzoncillos y observar con más detalle lo que me estaba pasando. Miré unos momentos y después, con el pulgar, empujé la punta hacia abajo. Mi tenso penecillo se escurrió bajo el dedo y volvió a apuntar al techo como un resorte. Entonces empezó a doler.

Mi conocimiento del dolor hasta aquellos instantes de mi vida era limitado. Si cuando nací me dolió, lo cierto es que no lo recuerdo. Unos años después había descubierto el asma y me habían estado pinchando durante meses en días alternos. Si aquello había dolido, era apenas una caricia comparado con lo que estaba experimentando en aquel momento. Era como si me hubieran practicado un segundo agujero del culo cinco centímetros más adelante y me hubieran enchufado un tubo conectado a una bomba de succión que hubieran puesto en funcionamiento a diez atmósferas. Todas mis tripas, desde los intestinos a los pulmones, y también todos aquellos órganos que todavía desconocía, eran succionados hacia abajo con una fuerza que ni siquiera había sido capaz de concebir antes. El cerebro estaba atascado a la altura del cuello. Era como si un agujero negro se hubiera abierto detrás de mis testículos y todas las tripas quisieran precipitarse a su interior, con el evidente malestar que algo así puede suponer. Era como si por aquel agujero de otra dimensión se hubieran introducido unas manos invisibles que me aferraban el interior y amenazaban con llevárselo a otra parte a cualquier precio. Yo no podía hacer nada.

Estaba indefenso, inerme. El dolor era sordo. Intenso. Amargo. Incesante.

Una fuerza.

Y allí estaba yo, de pie en el dormitorio de mis padres, con aquella revista entre las manos. Las piernas temblorosas, mi ojos de tierno infante clavados en aquellos enormes flanes expuestos al sol. Era incapaz de moverme, atenazado por un dolor desconocido y paralizante que emanaba de mi interior sin ningún tipo de razón aparente.

Después de un interminable e infernal minuto, al fin pude recuperar la movilidad. Dejé la revista en su sitio y corrí asustado a mi cuarto. Estaba sorprendido, estaba confuso, estaba amargo como una de esas almendras que salen chungas.


Había ido al jardín de infancia. Llevaba ya varios años de educación escolar. Me habían enseñado a leer y me habían enseñado álgebra básica, pero nadie me había avisado de aquello. Nadie me había hablado de aquella fuerza desconocida que había surgido de mi interior. Nadie me había prevenido de aquel descomunal dolor. Después me rompí un brazo. Años después tuve la rubeola y me recuerdo tirado en el patio con la sensación de tener la cabeza encajada en una prensa hidráulica. Tanto en el resto de mi infancia como en la adolescencia tuve la ocasión de experimentar profusamente el dolor físico, pero nunca volví a sentir nada como lo de aquella mañana. Se lo puedo asegurar. Desgarrador es la primera palabra que me viene a la mente.


La mente. La mente asocia cosas. Ese es su trabajo. A con B; este estímulo con esta reacción; dos más dos cuatro. Eso es lo que hace. En eso consiste su potencial. Peras y manzanas, sillas y mesas. Recuerdos. Lo junta todo. Le da igual. Junta imágenes del pasado en un momento sin importarle que estén separadas veinticinco años.

Ella y yo caminábamos por un puente. Igual que recuerdo las mayúsculas amarillas de cantos agudos y los flanes al sol, recuerdo mi plumífero rojo, su abrigo verde, mis botas sobre el asfalto gris como el cielo, el frío del carajo, las vigas de acero con remaches de cabeza redondeada, la estación de trenes a la izquierda, el río deslizándose desde la derecha hacia la estación de trenes, la corriente tan lenta que parecía que estaba parada, la foto que había hecho dos minutos antes, su semblante serio, los coches en dos direcciones, el viento cortante, el hambre que tenía, lo amargo que me sentía, los pájaros en el aire, las manos en los bolsillos.

Nos conocíamos de hacía poco. Todo había empezado como en un sueño y después, en algún impreciso momento, se había precipitado contra el suelo haciéndose añicos como una casa de muñecas que cae desde un noveno piso. Un muro invisible se estaba levantando entre nosotros. Cada vez follábamos menos. Cada día me sentía peor que el anterior.

No recuerdo por qué le conté la historia. Supongo que sería chantaje emocional, como diría ella. La mente asocia; eso es lo que hace. El inconsciente opera incesantemente. El Tyler que todos llevamos dentro, ese pasajero oscuro y desconocido, hace sumas y restas sin parar, mueve hilos, traza planes y pone bombas, te lleva por caminos que desconoces. Y lo acepto. No lo hagas y verás lo que te pasa.

El caso es que, mientras cruzábamos el puente en aquel gélido día gris de mierda por muchas razones, le conté lo que me había sucedido veinticinco años antes. La solitaria mañana de exploración infantil, la revista, las letras amarillas de cantos agudos, los flanes al sol. Trataba de explicarle lo que nos pasa a los hombres con el sexo. Aquella fuerza desconocida incluso para nosotros, capaz de atenazarnos, de paralizarnos, de convertirnos en gilipollas perdidos en el momento más imprevisto. A medida que se sucedían las palabras, empecé a revivir con intensidad todo aquello. El dolor, la angustia, el segundo agujero en el culo y la bomba de succión a diez atmósferas, la amargura en las tripas, el agujero negro y las manos de otra dimensión que te prenden los intestinos para llevárselos a un lugar que ni siquiera existe. La parálisis, la amargura de la almendra chunga.

Hay una fuerza.


A medida que revivía todo aquello, las sensaciones y emociones se reflejaron en mi rostro. Mi cuerpo se encorvó. Mi cara se convirtió en la de alguien que está chupando un limón, en una mueca grotesca mezcla de sorpresa, confusión e indefensión. La voz me temblaba. Estaba, como se suele decir comúnmente, hecho una mierda. El sabor de la almendra chunga había terminado por impregnar cada una de mis células. Entonces ella me interrumpió. Dijo, concretamente:

—¡Estás dramatizando!


Alguna vez antes me habían dado una bofetada con dos palabras, incluso con menos. Alguna vez incluso me habían dado una bofetada sin palabras. Me sentí como si me hubieran despertado de un sueño, como si me hubieran tirado un cubo de agua por encima. Le estaba contando uno de los episodios más secretos y agónicos de mi vida y ahora resultaba que estaba dramatizando. Había, sin duda, que joderse.


Como si mis sentimientos fueran ropa sucia, hice una bola y seguí caminando. Con razón me ha costado tanto tiempo encontrarlos entre tanta camisa con churritones y tanto calcetín sudado. Seguí caminando con el puente, con el río, con los pájaros, con el día gris de mierda y con el frío del carajo. No hay tarea más vana en la vida, no hay empresa más futil, no hay expectativa más irreal, no hay esfuerzo más jodido y amargo, que el de intentar que alguien te entienda.


Los franceses tienen una frase: “espíritu de escalera”. En francés, "esprit de l’escalier". Se refiere a ese momento en que uno encuentra la respuesta pero ya es demasiado tarde. Digamos que usted está en una fiesta y alguien le insulta. Bajo presión, con todos mirando, usted se queda mudo o dice algo tonto. Pero cuando se va de la fiesta, cuando baja la escalera, entonces... la magia. A usted se le ocurre la frase perfecta que debería haber dicho. Ese es el espíritu de la escalera.


A veces el espíritu de la escalera tarda más de diez minutos en aparecer. Más de diez horas. Más de diez días. A veces tarda meses. Y no siempre es tan mágico. A menudo, aun después de esperar tanto tiempo, el espíritu de la escalera aparece para susurrar algo chabacano, algo rudimentario, algo ni mucho menos brillante. Pero después de tanto tiempo, por fin sé lo que le debería haber dicho, esa secuencia ideal, esa frase perfecta. Hubiera sido algo así:

—¿Dramatizando?, ¿dramatizando? Qué cojones, querida amiga, sabrás tú.


Lo sé, lo sé. Tiene poco lustre. No es nada brillante. No pasará a la historia ni la imprimirán en tinta electrónica los libros de texto del futuro. Si alguna vez un astronauta pone un pie en Marte ni siquiera dirá "Qué cojones sabrás tú". Pero refleja bien lo que sentí en aquellos momentos, y resume de manera certera lo que quiero transmitir ahora, por vano que sea el intento. El mensaje, que tampoco es brillante, viene a ser algo así:


"Para hablar de pollas, primero hay que tener una"


Yo la tengo, por bendición por castigo, y si quieres aprender algo al respecto, escucha. Ni tengo la verdad absoluta ni lo pretendo. Simplemente siento cosas y tengo la capacidad de contarlo. Si alguna vez te interesa saber lo que es tener un pene entre las piernas, escucha. Si no, evita juzgar y sigue tu camino. Hay campo para todos.


He conocido algunas mujeres en mi vida. Muchas o pocas, siempre depende de cómo se mire y quién lo haga. De todas ellas, a una le tengo especial cariño. Y es curioso. No le tengo ese enorme aprecio porque me tratara como a un rey, ni porque se esforzara en ponerme la alfombra roja cada día y a menudo lo consiguiera, ni porque cuidara de mí como lo hizo, ni porque me diera todo el sexo que podía necesitar. Le tengo especial cariño porque me escuchó, porque mostró interés por lo que contaba. Porque me prestó atención, porque trató de comprenderme. De ahí, curiosamente, nace la mayor parte de mi cariño hacia ella.


No digo que sea fácil entenderme. No es fácil comprender a nadie, y probablemente entenderme a mí sea algo más complejo de lo habitual. No suelo hablar de fútbol. A ella le costó seis meses empezar a unir puntos y hacerse una idea de mí y de mis historias, pero desde el principio puso interés. Me tomó en serio, y creo que no se puede hacer nada más maravilloso por nadie. No sé si alguna vez nos llegaremos a entender completamente. Después de todo es una tarea estéril y yo cada vez opto por tomarme menos en serio a mí mismo. Pero ella hizo el esfuerzo y es lo que, a día de hoy, más le agradezco y aprecio. Supongo que es por eso que aprendemos tanto cada vez que hablamos. Todo un ejemplo para mí.


Woody Allen dijo:
"Hay dos cosas importantes en la vida: una es el sexo, y la otra no me acuerdo"


David DeAngelo dijo:
"Quiero que veas el mundo como una gigantesca danza de apareamiento. Quiero que te pongas esas gafas y empieces a observar a través de ellas, y quiero que empieces a sacar conclusiones a partir de ahí"


Freud dijo:
"Hay dos cosas que mueven a la humanidad: una es el sexo, y la otra las ansias de grandeza"


Yo, qué quieren que les diga, es cuando miro el mundo desde esa perspectiva cuando me encajan el mayor número de piezas, cuando todo este asunto de la vida adquiere un poco de sentido. Quizá sea demasiado sencillo, y quizá sea poco elegante. Quizá sea incluso triste. Nadie nos dijo nunca que la verdad nos fuera a gustar.


Hace cosa de un año estaba sentado al sol con mi padre. Teníamos pensado ir al cine por la tarde. Habíamos comido y en aquellos momentos nos habíamos terminado los cafés en una terraza y andábamos trasegando una copa de coñac cada uno. Se estaba muy bien. Mi padre decía:


—Hay un momento en la vida en que el impulso sexual al fin remite, y es un alivio. Yo no entiendo a la gente que toma Viagra para que se le ponga gorda, para cumplir con la mujer, para seguir siendo hombres, para poder contarlo a los amigos. Es todo lo contrario; se trata de una liberación.


Ojalá un día todos los hijos del mundo puedan tener un padre como el mío. Las cosas irían mejor. Soy un tipo con mucha suerte.


Una liberación, vaya que sí. Entendí a mi padre como sólo desde hace unos años le puedo entender. Supongo que porque hago el esfuerzo, porque escucho. En algún sitio lo he aprendido. Una liberación. Con razón los monjes tibetanos, desapegados de todo, lucen una sonrisa permanente en el rostro. El mero hecho de desapegarse del sexo ya debe de ser un subidón. Con mi mentalidad moderna siempre tiendo a buscar la vía rápida, y hay días en que me entran ganas de cortármela, tirarla por la ventana y olvidarme del asunto para siempre.


La teoría de la gran unificación de la física, la llamada teoría de cuerdas, intenta unir en un único marco teórico las interacciones nuclear fuerte y nuclear débil, y la fuerza electromagnética. Esta teoría de campo unificado se halla todavía en proceso de ser comprobada. La teoría del todo es otra teoría de campo unificado que pretende proporcionar una descripción unificada de estas fuerzas fundamentales.


Cuando uno lo piensa bien, en el Universo no hay más que cosas que, o bien se atraen o bien se repelen. Todo se puede resumir en una fuerza que cambia de sentido. A mí, qué quiere que le diga, después de darle tanta caña al colisionador de hadrones, después de tanto tute al famoso LHC, después de tanta avería y tanta repuesta en marcha, no me extrañaría nada que al final se encuentren con que el bosón de Higgs no es más que un pelo de figa. La realidad es virtual y vivimos en el gran coño del Universo. Menuda cara se nos va a quedar a todos.


Y eso es, ni más ni menos, en mis burdos y torpes términos, lo que trataba de explicarle aquella mañana sobre el puente gris en un día gris de mierda y con un frío del carajo. Hay una enorme fuerza que no sé si lo explicará todo, pero explica muchas cosas. Yo la he sentido, y es terrible. Demoledora.


Hay una fuerza que explica los celos, los odios, que justifica la maldad, que hace subir y bajar bolsas, que lanza ejércitos a la batalla, que provoca guerras, que deja miseria a su paso, que hace que los ríos se llenen de mierda y los niños se mueran de hambre al sol. Si eres una mujer, hay una fuerza que explica por qué los tíos te miran por la calle, por qué te dicen piropos, por qué se ofrecen a llevarte en coche, por qué te llevan a cenar, por qué te hacen regalos, por qué llevas la vida que llevas, por qué te permites hacer la mayor parte de las cosas que te permites hacer. Explica por qué te gustan las pulseras, los pendientes, los collares y los anillos; por qué te gustan los zapatos y ponerte escote; por qué envidias las tetas más grandes que las tuyas y por qué tardas una hora en salir del baño. Esa fuerza te define a un nivel más básico del que te imaginas; moldea tu ego femenino y te dice quién crees que eres. Es imposible que te expliques a ti misma sin estos números, sin estas fórmulas. Buena suerte. Pocos hombres se molestarán en ponerte los apuntes encima de la mesa porque les viene muy mal para sus planes. Y a este paso, pocos hombres lo volverán a hacer.


Hay una fuerza que no explican los libros de texto ni los que reposan en las estanterías. Ni siquiera se ve, sino que se siente. Aunque puede que alguien lo haya expresado antes en estos términos, nunca lo he leído por ahí. Y me parece fundamental ser consciente de esta fuerza, conocerla, aceptarla, entenderla y manejarla. A estas alturas de la vida sé poco del amor, palabra y concepto pisoteado, denostado y vapuleado una y otra vez. Pero si buscas al menos un rayo del mismo, te conviene saber de esta fuerza para ser capaz de separar el grano de la paja. La mayor parte de la gente habla de amor cuando quiere decir sexo. Confunde actos de amor con manifestaciones de esta fuerza. Ambas cosas tienen, en mi modesta opinión, poco que ver. En el fondo, muy en el fondo, todos lo sabemos. Otra cosa es que lo queramos aceptar.


Todo cambio de paradigma es siempre, por definición, doloroso. Nos identificamos con nuestra visión del mundo, con nuestras creencias y con nuestras ideas y, cuando alguien las sacude, nos sentimos atacados y reaccionamos a la defensiva.


Un día todos creíamos que la tierra era el centro del Universo y que los planetas e incluso el sol daban vueltas alrededor de la misma. Y al día siguiente aparece Galileo y dice que no, que la tierra no es el centro de nada y que damos vueltas alrededor del sol.


—¡Estás dramatizando! —le debieron de decir. Seguro.


No me extraña que el tipo, hoguera arriba hoguera abajo, afirmando y retractando, al final se girara y les dijera: "Eppur si mouve" (Y sin embargo se mueve). Sería el espíritu de la escalera.


Otro día la tierra dejó de girar alrededor del sol para girar alrededor de nuestros ombligos, pero esa es otra historia y deberá ser contada en otro momento.


Y al fin, otro día, Einstein se presentó en público para decir que la propia geometría del espacio-tiempo se ve afectada por la presencia de materia.


—¡Estás dramatizando! —le dijeron.


—Po fale —contestó.


Hay una fuerza, yo la he experimentado. No me hacen falta instrumentos ni medidas. No necesito números ni fórmulas. No necesito el método científico ni el certificado de nadie. La he sentido, y lo sigo haciendo. Y es demoledora. Buena suerte si buscas a alguien que te hable de ella.


—¡Estás dramatizando!


Po fale.


Eppur si mouve.

Por GonzoTBA el 20/12/2009"

5 comentarios:

Anónimo dijo...

He dudado mucho sobre la conveniencia de este comentario, pero, visto que te preguntas si alguien te lee, he pensado que te gustaría saber que los caminos de Internet son inescrutables. Fijo que no te acuerdas, pero una vez coincidimos en torno a alguien que yo quise mucho. Pero eso fue hace mucho, en otra vida, y en un pueblo que es casi, casi, otro planeta.
Hoy llego aquí después de una extraña concatenación de clicks a los que me lleva el hecho de que yo leo mucho; libros “de oficio” (me dedico a esto de escribir y de intentar enseñar a poner tildes y demás a las nuevas generaciones) y blogs “de vicio”. Y después de leerte quiero agradecerte la posibilidad de revisitar algunos textos y canciones y descubrir otros.
Con tu permiso, a partir de ahora, te seguiré de vez en cuando.

Bea

cibersan dijo...

Toletum
esta muy chevere tu blog...segui posteando.

ahi te dejo para que lo cheques:

www.tumentepoderosa.blogspot.com

fer

Mariana Borrego dijo...

ESTAS DRAMATIZANDO!

wow, amé tu blog!!!!.. ademas tienes cosas super chidas e interesantes !
nice job!

Fran dijo...

Súper recomendación! Te sigo desde hoy!
Saludos desde mi largo y flaco Chile!

Antonio Pérez dijo...

Genial blog tío. Con tu permiso iré leyendo de vez en cuando.

Enhorabuena y sigue así!